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Relaciones internacionales -> Aranjuez     
1.  Aranjuez. Creación
  1.1.  Introducción
  1.2.  El paraíso según Felipe II
    1.2.1.  El territorio: Del bosque a la ciudad del Rey
    1.2.2.  El agua: Utilidad pública

1.  Aranjuez. Creación

Los sueños están hechos para tenerlos, acariciarlos y luchar por ellos. Los ribereños nos confabulamos hace un tiempo para recorrer un largo camino que nos llevará a la materialización de uno de ellos. La senda recorrida ha supuesto trabajo, esfuerzo e ilusión y el resultado ha merecido la pena. La UNESCO ha declarado Aranjuez como Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad, algo que pudiese haber soñado el mismísimo Fernando VI cuando hace doscientos cincuenta años tomó la decisión de hacer de esta ciudad un lugar abierto, un sitio donde la naturaleza y el hombre alcanzaran a vivir en perfecta armonía.

Sin ser consciente de ello, el monarca al que los ribereños le debemos una ciudad ordenada y ejemplo para urbanistas puso la primera piedra de una transformación que aún hoy en día sigue vigente. A partir del legado de Felipe II, Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, Fernando VI dio continuidad a un trabajo en el que le siguieron y sucedieron gentes como Bonavía, Sabatini, Carlos III, Villanueva, Boutelou, Isabel II, el Marqués de Salamanca… y así cientos y cientos de esfuerzos en torno a un logro que ignoraban. Quizás el último aliento en este recorrido lo han puesto las más de veinte mil mujeres y hombres que con su firma ratificaron, meses atrás, el deseo de alcanzar este anhelo.

Ahora, sentados en el estribo de la euforia que supone despertar y comprobar que hay sueños reales, sentimos el orgullo de ser uno de los apenas siete centenares de sitios en el mundo que ostentan el honor de ser Patrimonio de la Humanidad.

Esta lugar, descansado sobre las orillas del tajo, fue elegido por la Corona hace ya cinco siglos como lugar privilegiado para el reposo. Tanto tiempo después, sus calles forman parte de una red donde las piedras del tiempo, los tejados del ayer, las aceras de siempre, las manzanas que son morada de sus vecinos siguen fieles al plano que les dio vida.

Este sitio, de tierras fértiles, fue antes poblado por romanos y visigodos que quizás llegaran a soñar con su futuro. Tras tantos siglos aquel bosque fecundo se ha transformado en calles flanqueadas de árboles centenarios subidos al tren de la vida cada primavera, que anegan de sombra los paseos durante el caluroso estío, que invitan a la melancolía bajo la lluvia de hojas amarillas y rojizas en otoño, que componen sombras de espera en la niebla del invierno.

Este rincón, de colores y sonidos, fue el refugio de musas que acudieron a los pinceles de Rusiñol y a las partituras de Rodrigo. Ambos continúan siendo embajadores de jardines como el del Príncipe, el de la Isla, el Parterre. En el rumor del agua de sus fuentes seguimos encontrando una excusa inevitable para el paseo y el reposo.

El Real Sitio y Villa de Aranjuez culmina un relativamente corto pero intenso devenir histórico con la declaración de Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad. Conscientes de lo que esto significa, los ribereños nos hemos puesto ya a la tarea de corresponder la confianza y el cariño de quienes con su ayuda han apuntado nuestro esfuerzo. A la alegría por el título le sigue la responsabilidad de continuar preservando nuestro patrimonio y mostrarlo a todos cuantos llegaran hasta aquí para comprobar que el sueño que todos tuvimos no acabó con el alba del siglo XXI.

 

Ayuntamiento del Real Sitio de Aranjuez


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  1.1.  Introducción

Durante la Edad Media, los Maestres de la Orden de Santiago construyeron un palacio y formaron un jardín en un enclave excepcional, la vega del río Tajo en su punto de confluencia con el río Jarama. Los orígenes de Aranjuez como lugar para el recreo han de situarse aquí, antes de que pase a manos de la Corona durante el reinado de los Reyes Católicos. Aranjuez quedará inscrita en el marco administrativo de Reales Sitios, como uno de los establecimientos de la Corte itinerante, en estrecho contacto con Madrid, la capital del reino desde 1561, por deseo de Felipe II. Es a este monarca a quien se debe la organización del territorio destinado al descanso y el recreo. El rey concibe un sistema donde se articula naturaleza, arquitectura e ingeniería. Con posterioridad, en el siglo XVIII se produce otro hito importante para Aranjuez, la fundación de un núcleo de población estable en torno al núcleo del palacio y los jardines. Los siglos XIX y XX permitirán el cuidado y la pervivencia de los valores históricos, artísticos y culturales de Aranjuez, un Aranjuez que ha de entenderse como la creación de un espacio cuyas manifestaciones culturales son intrínsecas e indisolubles del mismo.

El Aranjuez del paisaje y de la naturaleza intervenida, de la creación y de la recreación, concebido originalmente para uso privativo de la Monarquía española y la Corte, va abriendo paulatinamente sus puertas. En el inicio del siglo XXI, no es sólo un bien a disfrutar por los ciudadanos, sino que aspira a convertirse en un bien de goce sin fronteras, Patrimonio de la Humanidad, cuyo punto de partida es el símbolo de universalidad que preside la creación de Felipe II.


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  1.2.  El paraíso según Felipe II

Felipe II concibe el plan ordenador de Aranjuez como imagen de su poder. Al abrigo del concepto de ciudad rural, conjuga dos temas antagónicos del Renacimiento la ciudad y la villa, lo urbano y lo antiurbano. Y a esta valoración dual superpone el símbolo de universalidad. La obra del hombre queda inserta en un dimensión superior, la del paisaje, donde la naturaleza se incorpora como elemento urbanizado. Ello es posible porque el proyecto se dirige hacia un territorio sin intervenciones previas, donde la utopía se plasma sin determinantes heredados de épocas anteriores. La posibilidad de transformar la naturaleza, convierte al rey en creador, en dueño del mundo. Esta imagen que se identifica con el Imperio, transforma a Aranjuez en paradigmático, y en modelo de lo que serán otros sitios reales.

A una primera fase de experimentación, coincidente con un Felipe aún príncipe, corresponde la preparación del territorio y la realización de las primeras intervenciones urbanas, inspiradas por una formación arquitectónica y humanística, asimilada de las aportaciones de las cortes europeas a la cultura renacentista (Italia, Flandes, Francia). Estas ideas alcanzan su madurez cuando, a partir de 1561, Felipe ya monarca llama a su servicio a artistas provenientes de Flandes y de Italia. La elección directa por parte de Felipe II de estos profesionales y la intervención personal en los proyectos, convierten al rey en un auténtico mecenas, lo que le faculta, a su vez, para usar el arte como verdadera herramienta de expresión de su poder. El lenguaje que el monarca adopta es el del clasicismo, en perfecta sintonía con las premisas formales que se están imponiendo en Europa. La innovación formal, de la mano de Juan Bautista de Toledo y de Juan de Herrera fundamentalmente, conservará sin embargo símbolos y funciones del pasado, en un deliberado respeto por las señas de identidad de lo autóctono. El empleo de este vocabulario estético abarcará todas las intervenciones de carácter urbanístico, arquitectónico, paisajístico, presididas por la idea humanista de la inserción del hombre en la naturaleza Pero también alcanzará a las obras de ingeniería y de servicios. De este modo, lo funcional adopta una semántica implícita que permite la identificación entre lo público y la personal opción estética del rey.


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    1.2.1.  El territorio: Del bosque a la ciudad del Rey

El proceso de organización del territorio parte de una fase previa que Fernando Checa denomina la preparación del entorno, y en la que se comienza a trabajar en la década de los cincuenta. La dialéctica entre naturaleza y artificio, entre artificio natural y naturaleza artificiosa ha de interpretarse desde dos ópticas una, la inserción de la arquitectura en el marco natural, y dos, la relación entre esta arquitectura y el entorno natural más cercano en emplazamiento y escala, los jardines. La conjunción de estas distintas vías de creación artística, con base en la estética del jardín italiano, dará lugar a un producto singular, que incide en la pervivencia de la tradición cortesana hispánica y en la adopción de novedades formales importadas.

Este planteamiento del juego entre naturaleza y artificio producirá interesantes tensiones que alcanzan a debates internos entre arquitectura e ingeniería, o jardinería y paisajismo, donde la estética se une a la función. Bajo el principio de racionalización el espacio se jerarquiza adoptando un esquema de anillos concéntricos. El más cercano a la figura del rey es el constituido por su residencia, la Isla que se convierte en jardín y el tramo del Tajo que sirve de enlace. El segundo es el del entorno urbanizado, donde el espacio se racionaliza mediante un complejo entramado de calles y plazas, puentes y canales, que acotan las superficies de cultivo y caza. Abarca parajes estratégicos como la junta de los ríos (Picotajo, San Remondo) y está acotado por las líneas de las acequias (Aves y Azuda) que parten del Embocador. Los ejes viarios son la calle de la Reina (Rebollo, Sotomayor) y los caminos a Madrid y a Toledo, a Ocaña y Ontígola. La tercera zona supone la transición a lo largo de estos caminos y ríos, hacia el bosque y la comarca. Estos tres ámbitos exigen distintos niveles de intervención y función el primero, de uso residencial y de esparcimiento; el segundo, de esparcimiento y producción; el tercero, productivo y de comunicación, que benefician no sólo a Aranjuez, sino también a los núcleos de población bajo su ámbito de influencia (Ocaña, Colmenar).

La organización natural del territorio (los cursos de los ríos Tajo y Jarama) y el desarrollo de las vías de comunicación acotan la ordenación paisajística y determinan el perímetro de este Aranjuez urbanizado. Al nuevo entramado se incorporan grandes superficies cuyos diseños geométricos establecen una perfecta adaptación funcional del suelo, cuyo uso va de la agricultura extensiva al jardín. Puentes y calles acotan el territorio, las plazas jerarquizan los accesos, como nódulos distribuidores de un viario trazado por árboles. Camillo Borghese contabiliza en 1594 cincuenta y ocho calles definidas por su geometría, una labor acometida en su totalidad en la segunda mitad del siglo. La primera calle sobre la que se actúa es la conexión con Madrid, en 1553. En el mismo año se trabaja en la calle de la Reina (entonces llamada de Alpagés), una traza heredada de la época de Carlos V como vía de conexión con la Presa del Embocador, a la que Felipe II confiere su peculiar aspecto, con la incorporación de plazas y la disposición del arbolado, tomando como foco referencial el Palacio. Las fuentes documentales, y especialmente gráficas, como la vista de Jean L’Hermitte, ilustran la selección de especies y su distribución en el plano. El árbol (álamo negro principalmente) es empleado de manera exclusiva en la ordenación urbana, como elemento natural que contribuye a la fragmentación espacial y la variedad funcional de las superficies acotadas (caza, cultivos y huertas, pequeños jardines).

Se trata de la definición más clara del Renacimiento en materia de intervención sobre el paisaje, enunciada por los principios clásicos de la geometría, de la óptica y de la proporción. El trazado de calles y plazas y las especies arbóreas que las perfilan están dominados por la simetría y las formas geométricas más regulares (círculos, cuadrados, triángulos, romboides), que se repiten en el plano de Aranjuez. La perspectiva, uno de los lugares comunes del arte italiano del Quattrocento, y de la estética flamenca, dotan a las alineaciones de árboles de efectos ópticos e interesantes puntos de contemplación. La disposición de dobles hileras a cada lado de las calles multiplica las líneas que sólo parecen terminar en el infinito. La creación de panorámicas en otros puntos, como las plazas, adelantan la idea paisajista y casi pintoresca del Romanticismo. Los recursos ópticos, propios de las artes plásticas, se transfieren a la estética del jardín. Los juegos pictóricos de luces y sombras, los efectos cromáticos de los cambios de estación y de la variedad de especies, se utilizan en la escala del paisaje. Las calles sirven de límite a grandes superficies de prados, en una imagen que enlaza con la de la Arcadia, con telones de fondo umbrosos, que acotan las superficies planas invadidas de luz. Las especies elegidas por otra parte, contribuyen no sólo a la simetría, sino a la aplicación de otro principio, el de la proporción. La tensión entre las verticales y las horizontales se fundamenta en el recurso exclusivo a árboles monopódicos de una parte, y en la planitud del terreno y la longitud de las calles por otra. El empleo de ángulos agudos en el inicio y cruce de éstas, para regularizar la forma natural de la superficie sobre la que se opera, es un contrapunto que no hace sino anunciar los efectos del barroco.

Estos temas de la perspectiva, la proporción y la geometría, alcanzan en Picotajo su máxima expresión. Esta zona, situada en la confluencia del Tajo y Jarama, se pauta mediante la traza de dos calles, tratadas como ejes simétricos, generadoras de otras calles, a modo de juego de líneas que fragmenta la superficie. Los puentes de acceso a la zona adquieren la categoría de elementos urbanizadores de primer orden, al incorporar los cauces de los ríos a la ordenación del espacio. Constituyen a su vez verdaderos puntos de fuga, al decidir la ubicación de las plazas (la del puente sobre el Tajo y la del Puente sobre el Jarama) que generan las avenidas radiales. Las reglas de simetría se complican con el desarrollo de una tercera plaza -las Doce Calles- dispuesta en el extremo oriental de Picotajo, en correspondencia con la del Puente sobre el Jarama. Ambas plazas están unidas por una calle cuya excepcional longitud atraviesa totalmente la superficie. Doce Calles adopta la forma símbolo de perfección, el círculo. El infinito se incorpora a la planificación urbana, para adoptar una escala que asimila la naturaleza a la creación humana. Esto permitirá, en el siglo XVIII, el desarrollo de calles arboladas hacia el Este, que Carlos III acomete, manteniendo una continuidad con las intervenciones del siglo XVI.

El trazado de Picotajo, las calles arboladas, de amplias perspectivas y juegos de color y luz, donde se combinan distintos tipos de árboles, responden en esencia a la voluntad de Felipe II, quien convierte en recurso urbanístico el tratamiento del jardín de los Países Bajos y Francia. Las avenidas abiertas al infinito, desde un punto como Doce Calles, rompen con la tradición manierista de encerrar las propiedades y cortar perspectivas. Las calles no conducen a ningún sitio. Tienen función estructural, y en consecuencia, valor en sí mismas.

En el ángulo Occidental de este paisaje ordenado, muy cerca del punto donde Tajo y Jarama confluyen, se sitúa otra zona de actuación, el núcleo residencial, ya subrayado por el eje de la Calle de la Reina. Hacia el este de la residencia, y a partir de 1557 se organiza una explanada en la que convergen los preexistentes caminos a Madrid y Toledo, y la nueva vía hacia Ocaña, que conecta el palacio hacia el Sur con la nueva zona de deleite el Mar de Ontígola y los prados flamencos.

El palacio es el punto de referencia de este territorio, ocupando, a la vez, un lugar discreto en el paisaje, lejos de la monumentalidad, ensalzado y a su vez inserto en la naturaleza. La casa del rey se inicia en 1563, sobre el proyecto planteado por Juan Bautista de Toledo en 1561, de cuya mano es la capilla y su cúpula, la primera en el panorama arquitectónico del XVI español. Las obras serán continuadas por Jerónimo Gilí en 1571 (quien concluye la capilla y se encarga del Cuarto Nuevo) y a partir de 1575 por Juan de Herrera, quien entre 1580 y 1584 dará término a la obra.


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    1.2.2.  El agua: Utilidad pública

Estas relaciones naturaleza y ciudad exigen la aplicación técnica de la ingeniería y con ello, la intervención total sobre el paisaje, alcanzando los propios cauces de agua. Así, a partir de 1551 convergen en Aranjuez los más prestigiosos profesionales del momento. El relevo de la generación de Luis y Gaspar de Vega se produce con la llegada de técnicos flamencos, italianos y franceses (Pietre Jansen, Adrian Van der Múller, Francisco Paciotto, Juan Francisco Sitoni y Juan Bautista Antonelli), quienes se encontrarán con los oficiales españoles -Juan Bautista de Toledo, Juan de Castro, Juan de Herrera, y Benito de Morales- en los más destacados proyectos, caracterizados por planteamientos de gran complejidad técnica.

El sentido de lo práctico, el riego, y la vertiente lúdica, el ornato, exigen una política de infraestructuras con tres líneas de intervención los canales de riego de la comarca y las vegas, la red de acequias y la disposición de presas y estanques. Gracias a estas obras públicas ha sido posible la pervivencia del Aranjuez del XVI hasta hoy. La naturaleza, sometida a un proceso de racionalización, será la que marque las pautas de intervención y establezca la finalidad y la escala de la obra de ingeniería. Ésta variará según se sitúe en el espacio inmediato al palacio, propiciando el paseo cortesano, o se proyecte en la dimensión territorial que marcan los cauces de los ríos y las ciudades de Madrid y Toledo. No es ajeno a ello el que el rey participe directamente en estos proyectos, algunos de los cuales -navegación, red de comunicaciones- alcanzan unas proporciones acordes a las del Imperio que las promueve.

Aranjuez, un nudo estratégico en el orden establecido por Felipe II, se convierte en el campo de experimentación de un proyecto de gran alcance, el de la navegabilidad de toda la red fluvial peninsular y la comunicación con el Atlántico a través de Lisboa. Una política estratégica compleja que Juan Bautista de Toledo inicia en 1561 con la navegabilidad de un tramo del Tajo, en el entorno de palacio. En 1581 será Antonelli quien plantee la navegación en un trayecto mayor sobre el Jarama. Pero la más ambiciosa de todas las propuestas será la de Pacciotto, quien en 1562 programa la conexión entre Aranjuez y Toledo, ponderando el valor del proyecto en la geografía del Imperio.

La red de acequias es otro campo de actuación. Con orígenes medievales, y sostenida durante el reinado de los Reyes Católicos, se ve reforzada en el siglo XVI. A Carlos I se deben los dos sistemas de presa y canales, de El Embocador y Valdajos, con las dos acequias derivadas de la mismas (de las Aves o Sotomayor por la izquierda, de la Azuda o Rebollo por la derecha). Estas iniciativas marcarán las líneas de desarrollo de las intervenciones de Felipe II, que encomendará a Juan Bautista de Toledo, Juan de Castro y Juan de Herrera. Otras dos obras, la acequia de Colmenar y la canalización del Jarama, futura Real Acequia (proyecto de Esquivel) son los más importantes sistemas de canalizaciones y suministro de agua en la vega de Aranjuez, y dos de las aportaciones más interesantes a la ingeniería hispana del Renacimiento.

En este mismo sentido ha de contemplarse la construcción de presas y estanques. El Mar de Ontígola, más cercano en su diseño a un embalse, es el máximo exponente en Aranjuez y en el conjunto de las residencias regias. Iniciado en 1552, desde 1561 sus obras son dirigidas por Juan Bautista de Toledo, para quien trabajan profesionales holandeses que conocen las técnicas de diques y contención de aguas (Pietre Jansen, Adrián Van der Muller) y españoles (Juan de Castro, Francisco Sánchez). El Mar de Ontígola es en la actualidad una obra emblemática de la ingeniería española. El interés radica en su novedosa estructura, un terraplén formado por dos muros de piedra reforzados con antepechos, una técnica de origen clásico, que no contaba con precedentes en la Península. Aquí convergen, además, otras funciones más allá de las utilitarias de riego, y que comparte con los otros estanques que para Aranjuez proyecta Felipe II. El rey le confiere una dimensión ecológica, al convertirlo en estación para las migraciones de aves, y un destino lúdico, la pesca, los paseos en barca.


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